Dra. María Novo: “El verdadero “corazón” del problema está en los valores y las pautas de vida que se han impuesto en la sociedad de la globalización”

La especialista Titular de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible, en la Universidad Nacional de Educación a Distancia en España, respondió en entrevista con el Departamento de Educación Ambiental del MMA, analizando desde los nuevos valores a los que se enfrenta el desarrollo una nueva comunidad mundial, hasta los desafíos que significará educar sobre sostenibilidad, tras la actual pandemia por Covid-19. La experta nos recomienda además algunos textos de su autoría para comprender ciertos fenómenos y ampliar la visión que tenemos frente a nuevas demandas.

Catalina Rojas O.

 

P.: María, me gustaría que nos comentaras, en pocas palabras, cómo ves la actual situación del planeta y la influencia de la especie humana en ella.

M.N: Creo que como humanidad nos hemos metido en un buen atolladero destruyendo diversidad natural, contaminando mares y ríos, generando el cambio climático. Esos y otros muchos problemas, como los malos usos del suelo, las aglomeraciones urbanas en megalópolis imposibles de gestionar, o la escasez de agua dulce a escala globa, marcan en su conjunto un camino suicida que nos está llevando a una situación insostenible. Necesitamos transitar urgentemente hacia otro modelo basado en el respeto a los límites de la naturaleza, en su valor intrínseco. Debemos adoptar otras formas de vivir menos depredadoras. Para ello, los cambios tecnológicos pueden ayudar, pero no son la raíz esencial. El verdadero “corazón” del problema está en los valores y las pautas de vida que se han impuesto en la sociedad de la globalización. Unos valores que privilegian lo grande, lo rápido y lo lejano, a la vez que fomentan la desigualdad entre ricos y pobres, que nunca ha sido tan intensa como lo es hoy.

Este modelo ha creado ciudades monstruosas, urbes de millones de habitantes rodeadas de cinturones de miseria. También ha intensificado de forma desorbitada los desplazamientos por razones de trabajo -miles de vuelos de avión y de desplazamientos en coche diarios- o por ocio, y ha considerado incluso a las personas meramente como productores o consumidores que han de guiarse por el lema de producir y consumir sin descanso. Además, con el fenómeno de las deslocalizaciones, se ha despreciado el valor de lo local para situar en China y otros países asiáticos la producción masiva de bienes de consumo esenciales. Con ello hemos perdido vínculos humanos con los próximos, autosuficiencia alimentaria, y se ha desvalorizado lo local y lo pequeño, que es donde se producen los intercambios humanos esenciales.

En su conjunto, comienza a ser un milagro que nuestra especie pueda seguir sobre la Tierra. Porque hemos creado tales condiciones de insostenibilidad que no sería extraño que, en cualquier momento, se rompiese ese equilibrio dinámico que nos mantiene unidos a nuestro hábitat. El reciente colapso que ha supuesto la actual  pandemia es una muestra de esta situación. Tenemos que trabajar, por tanto, para revertir cuando antes los criterios y prácticas que utilizamos en la gestión de los bienes naturales y el reparto de los recursos. Creo que estamos a tiempo de hacer este cambio, pero no podemos seguir esperando a que las generaciones de niños y jóvenes tomen las riendas. Son nuestras generaciones las que están retadas a actuar.

Por eso, invito a los educadores ambientales a que, sin abandonar el trabajo con los menores y los jóvenes, enfaticen los esfuerzos en hacer una educación ambiental dirigida a los adultos, en especial a las personas que toman decisiones, pero también a la población en general. Porque son ellos, con sus actuaciones y sus votos, los que pueden contribuir a este cambio urgente y necesario.

P.: En el marco de esta situación que describes, ¿cuáles de tus trabajos consideras que son una lectura necesaria para enfrentar este torbellino de demandas y respuestas inmediatas a las que nos vemos expuestos y que alteran nuestro diario vivir?

M.N: Ante ese escenario, en la década del año 2000, yo me preguntaba ¿por qué estamos destruyendo nuestro planeta?, ¿somos una especie tan torpe que destroza las bases de su propia vida? y un día, como fruto de estas reflexiones, me apareció la respuesta: “Esquilmamos la Tierra porque vamos demasiado deprisa. La prisa no está matando”.

Efectivamente, vi claro que el problema de la sostenibilidad era un problema de usos del tiempo. Que no se trataba de que la especie humana no tuviese que tomar recursos del planeta, sino que tenía que hacerlo a la misma velocidad a la que la naturaleza podía reponerlos. Ese es el secreto de un desarrollo sostenible: conocer los límites de los ecosistemas y respetarlos. Pero estábamos (y estamos) muy lejos de tenerlo en cuenta.

Entonces solicité un período sabático en mi universidad para irme a Italia a investigar los movimientos y experiencias “lentos” que, desde la década de los 90, estaban floreciendo en aquel país. Allí pude entrevistar a los impulsores de la Slow Food y conocer su Universidad del Gusto. Me fue posible visitar pequeñas ciudades de la Red de Ciudades Lentas (CittaSlow), con sus reglas y su normativa y descubrí con placer los numerosos Bancos del Tiempo establecidos todo a lo largo del país. Conocí ciudades en las que la bicicleta había sustituido al coche en la vida diaria. Fue un tiempo muy intenso y revelador. Comprendí que había ya en marcha otra forma de enfocar el tema del tiempo.

Al regresar a España escribí en un par de semanas el libro “Despacio, despacio” (20 razones para ir más lentos por la vida) (Obelisco 2010). En él vuelco mis reflexiones e impresiones y describo estas experiencias. La obra tuvo muy buena acogida y ha sido traducida por supuesto al italiano, pero también a otros varios idiomas, entre ellos el chino y el coreano, señal de que por aquellas latitudes también se percibe el problema de la prisa como una enfermedad personal, social y ecológica. Este es un texto de lectura fácil, está disponible en Amazon y lo que más me gratifica es que se sigue vendiendo constantemente. En él hablo de la relación entre la vida sostenible y los usos del tiempo.

Pese a ello, el problema de la insostenibilidad me seguía preocupando, así que  continuaba  haciéndome preguntas al respecto. Y un día me hice la siguiente reflexión: Sí, la clave está en la prisa con la que lo devoramos todo, pero ¿por qué corremos?

Y entonces vino una segunda respuesta: corremos por el modelo de éxito que se ha impuesto en nuestras sociedades (ser el primero en todo, ser rico, no fracasar jamás, tener consideración social, “amistades” importantes, salir en los medios de comunicación…). Un modelo que deja exhausta a la gente corriendo detrás de “un futuro exitoso” e hipotecando en muchos casos los pequeños/grandes placeres del presente, las relaciones familiares, humanas.

Esa nueva intuición me sugirió la idea de escribir un libro sobre el éxito. Pero no quería contar mi propia versión, sino explorar lo que pensaba la gente al respecto. De modo que me pasé un año entrevistando a personas muy distintas, jóvenes y mayores, exitosas en términos convencionales y anónimas, universitarios y gentes del campo.

Con ello mi visión se fue enriqueciendo, ampliando, ganó en profundidad, y me sentí preparada para escribir un nuevo libro. Este se titula El éxito vital: apuntes sobre el arte del buen vivir (Kairós, 2017). También ha tenido muy buena acogida, se sigue vendiendo, sobre todo a través de Amazon. En él esbozo diferentes caminos y formas de vivir como nos soñamos, sin necesidad de ser genios ni héroes, sino como dueños de nuestra propia vida, con capacidad para imaginarla y darle forma poniendo en juego la creatividad, el coraje y la lucidez. Y todo ello con los materiales frágiles e inseguros que nos proporciona la vida diaria.  La cuestión de la naturaleza es transversal a todo el texto.

P.: ¿Cómo consideras que la educación ambiental debiera enfrentar el mundo post pandemia, en relación a las nuevas conductas sobre consumo masivo?

M.N.: Creo que la pandemia ha puesto bien claras las prioridades: no hemos echado de menos tener más ropa, ir corriendo de un sitio a otro, o ser más exitosos. En España, los tres meses de confinamiento nos han descubierto la belleza del pequeño parque que está cerca de nuestra casa, la emoción de los abrazos con los seres queridos, el valor de la libertad de movimientos. La pandemia ha sido una ocasión para reaprender el valor de lo pequeño, de lo descentralizado, lo local y un redescubrimiento de otras formas de usar el tiempo, más sosegadas. Cuando se levantó el confinamiento, las gentes no corrieron a las tiendas de coches o de ropa sino a los lugares donde vivían sus familias, a encontrarse con los amigos y amigas.

En consecuencia, creo que se ha abierto una ventana de oportunidad única para la educación ambiental que consiste, en mi opinión, en generar procesos de reflexión y nuevas prácticas en una doble dirección: desaprender los modelos de vida insostenibles que nos han traído a la crisis y reinventar, con imaginación y creatividad,  formas de vida respetuosas con los límites del planeta y con los límites de los seres humanos y nuestros deseos. Tenemos que aprender, a escala personal y social, a desear menos y mejor.

Basándome en lo que he contado de mi experiencia plasmada en estos dos últimos libros, creo que unas buenas líneas de pensamiento y acción podrían ser, entre otras, las que siguen:

-Formular en grupo la pregunta ¿Cuánto es suficiente? Aplicada a distintos casos y escenarios. Es una pregunta radical, que toca el corazón de nuestras sociedades y también el corazón de cada persona.

-Hacer girar nuestros proyectos y programas sobre la idea de los límites. Es fundamental que tengamos siempre presentes los límites de la naturaleza y también nuestros propios límites individuales y colectivos. Poner límites a nuestros deseos en la escala personal y global. Utilizar criterios ecológicos y éticos.

-Tratar de clarificar  y comparar la lógica del beneficio inmediato, que es la mayor fuerza orientadora de nuestras sociedades, con la lógica de la vida.

-Trabajar sobre escenarios posibles en el presente basados en la ética de vivir mejor con menos.

-Aprender y enseñar a vivir en la incertidumbre. Practicar un ejercicio de humildad sobre nuestras supuestas “seguridades”.

-Estimular la visión “glocal” basada en las interdependencias. Necesitamos avanzar hacia una autosuficiencia interconectada, organizar la vida a escalas más humanas y bien comunicadas.

– Entender que un desarrollo sostenible ha de ser endógeno. Relocalizarse supone comprar productos de proximidad, utilizar en lo posible los recursos propios y redescubrir el valor de lo pequeño.

-Trabajar el tiempo como un recurso escaso, no renovable, e imprescindible para la vida. Poner en valor los tiempos de trabajo, de ocio, de comunicación con las otras personas…, con especial atención a los tiempos de cuidados (propios y ajenos).

-Aprender y enseñar a gestionar la incertidumbre. Los educadores ambientales hemos de hacer ese aprendizaje al tiempo que estimulamos a otras personas en la misma dirección. Tanto el presente como el futuro son claramente inciertos.

-Utilizar la denuncia (la explicación del actual escenario de insostenibilidad) conjuntamente con el anuncio. No perder nunca de vista la parte positiva que hay en todo lo negativo y la capacidad transformadora del ser humano.

-Usar el Arte como una herramienta de primer orden en educación ambiental. Arte y Ciencia deben estar en continuo diálogo como complementarios.

P.: ¿Qué estructuras consideras que deben tener los nuevos ciclos de formación para especialistas en educación ambiental, tras esta pandemia?

M.N: En mi opinión, podría haber varios tipos de ciclos formativos: unos más cortos, para reciclar a educadores ambientales en activo y otros más largos, tal vez de un curso académico completo, para formar a los profesionales recién egresados que deseen dedicar su trabajo a estos temas.

Entiendo que, en ambos casos, es preciso combinar los aportes teóricos del campo de la ecología, la economía, la ética, o con trabajos en equipos de estudio de casos. Todo conocimiento debe ser contrastado con la práctica. Y por supuesto, de debe terminar cualquier proceso formativo con una toma de decisiones (aunque sean modestas) que comprometan personal y profesionalmente a sus participantes.

Insisto en el uso conjunto de Ciencia y Arte y en la potencialidad del estudio de casos y de la técnica de proyectos, así como en el trabajo en equipos.

P.: ¿Qué claves o lineamientos, consideras que deben tomarse en cuenta para descentralizar la sociedad actual y reforzar los valores de una gran comunidad, más consciente con su entorno natural? 

Esa es una pregunta que afecta a la dimensión política -en sentido amplio, como cuidado de la polis- de los seres humanos. El reforzamiento de los valores comunitarios es una tarea pendiente en muchos contextos. En Europa, tal vez se ha impuesto más el individualismo, aunque no por fortuna en los países del Sur, en los que los vínculos familiares y de convivencialidad siguen siendo muy estrechos. Ustedes en América Latina tienen esta parte también muy desarrollada, eso es una ventaja, así que se trata de darle forma mediante redes. Se podría decir que el desafío actual es vivir enredados.

Las redes, en mi opinión, pueden acompañarse de medios tecnológicos pero no deben quedar reducidas a estos. Necesitamos redescubrir y revalorizar los encuentros personales, las redes de mujeres, de campesinos, de habitantes de un mismo barrio urbano. Creo que ahí ustedes van muy por delante. Lo importante es darle contenido ecológico y ético a estas redes, ir transformando lo ya existente en un ámbito de reflexión y de concienciación sobre el lugar de los humanos en la naturaleza.

En este sentido, existen un par de conceptos que personalmente utilizo mucho en mis conferencias y escritos porque creo que son de una gran potencialidad. Son el de familia humana que habita en la casa común, la Madre Tierra. Cuando comprendemos esos conceptos, estamos levantando los cimientos de esa actuación política (hacia afuera) que toda comunidad puede y debe legítimamente tener en la búsqueda de mejores criterios y modos de vida.

Como dices en tu pregunta, la descentralización es un gran criterio para valorar la sostenibilidad o insostenibilidad de una sociedad. Cuando descentralizamos estamos reconociendo no solo el valor de lo pequeño, sino también el valor de cada persona y cada grupo humano para elegir y definir su forma de posicionarse en el mundo. Y hoy día estoy convencida de que la única vía para hacerlo es la ecológica/ética, la que nos puede devolver a la cordura.

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Publicado en Entrevistas.